Nuestro logotipo: el símbolo de la lucha humana contra el dolor

Detrás del tratamiento del dolor en general, y del dolor crónico en particular, hay una larga historia. Y no toda está escrita. Cada día, numerosos centros de investigación del mundo realizan nuevos avances en técnicas, medicamentos y terapias dirigidas al control del dolor.

Nuestra Clínica del Dolor de Madrid se nutre de esta larga historia y de la experiencia de su equipo multidisciplinar, siempre al tanto de las nuevas conquistas científicas para combatir este mal ancestral.

Por ello, entre las muchas posibilidades que teníamos para representar nuestra labor a nivel gráfico, coincidimos en que existe un elemento que ha acompañado la lucha contra el dolor a lo largo de nuestra evolución cultural. Se trata de la primera planta de la que se tiene evidencia que fue utilizada masivamente por el hombre en el tratamiento del dolor: la amapola o adormidera.

Y así la adoptamos en nuestro logotipo: en un tranquilizador color azul que representa la paz, la serenidad y la armonía de vivir sin dolor. La imagen corresponde a la llamada “cápsula” de la amapola, esa esfera coronada por una “tapa” estrellada, ya que es de ella -y no de la flor- de la que se obtiene la sustancia lechosa (el opio) que contiene múltiples alcaloides, algunos con un fuerte poder analgésico.

Pero, ¿por qué la amapola? ¿Acaso de ella no se obtiene también la perjudicial heroína? Bien. Vamos por partes.

A la Prehistoria nos remitimos

En efecto, si vamos a la raíz de la preocupación humana por controlar el dolor físico a través de alguna sustancia eficaz, todo apunta a que fue la adormidera la primera planta en ser domesticada para este fin hacia el año 5.700 a.C., en cercanías de los ríos Rín, Ródano, Po y Danubio. Desde allí empezó a difundirse su uso por buena parte de Europa.

En España, por ejemplo, se han hallado restos de cápsulas de amapola en la Cueva de los Murciélagos, cerca de Granada, con una datación de 4.200 a.C.

Ya en tiempos históricos, sumerios, asirios, babilonios y egipcios dejaron constancia del uso analgésico de la adormidera, hasta que los griegos macedonios, con Alejandro Magno a la cabeza, la exportaron a la India. Desde allí no tardaría en llegar a China, lugar donde la planta hizo una larga carrera, no siempre vinculada al uso médico, sino a su utilización para la obtención del opio, que es la mezcla de alcaloides que se obtiene de manera original de la planta.

Y es que, siguiendo la expresión del libro de Isaías, “ellos convertirán sus espadas en arados” -haciendo alusión a que, de un mismo material, los seres humanos podemos obtener medios destructivos o constructivos- con la amapola y las sustancias que de ella se extraen, se han elaborado nocivas y muy adictivas drogas, así como beneficiosos y muy eficaces analgésicos.

Sin ir más lejos, la morfina, el alcaloide que se encuentra en mayor medida en el opio, fue aislado por primera vez en 1804 y su obtención fue clave en el desarrollo de la analgesia y la anestesia, tal y como las conocemos hoy en día.

Opiáceos y opioides

No obstante, la morfina es tan sólo una de las sustancias con usos farmacológicos que se extraen de esta planta. Se llama opiáceos a los alcaloides presentes de manera natural en el opio. La morfina es uno de ellos. Los otros más usados son la codeína y la tebaína.

Por su parte, se denominan opioides a las sustancias que actúan en el sistema nervioso humano de manera similar a los opiáceos. Se trata de sustancias que pueden tener un origen en el opio modificado por aditivos (opioides semisintéticos), tales como la tristemente célebre heroína y la oxicodona, y los opioides completamente obtenidos en laboratorio (sintéticos), como la petidina y la metadona, esta última muy conocida por su uso sustitutivo en terapias de desintoxicación de la heroína.

Pero el término opioide se extiende también a las sustancias que de forma natural produce el cuerpo humano y que generan sensaciones analgésicas y de bienestar, como las endorfinas, las encefalinas y las dinorfinas. Las más conocidas entre ellas son las endorfinas, que son producidas durante la excitación, el dolor, el consumo de alimentos picantes o de chocolate, el enamoramiento y el orgasmo.

A pesar de la distinción, es muy común que se denomine opiáceos en general a todas las sustancias y fármacos derivados directamente o no, del opio. Y es que, por ejemplo, la morfina fue sintetizada en laboratorio en 1925, si bien su fuente principal de obtención sigue siendo la planta de amapola.

¿Cómo actúan los opiáceos?

Este es uno de los ejemplos en los que el origen de la investigación resulta dando nombre a lo investigado. Nos referimos al hecho de que, en los años 70 del siglo XX, cuando se estudiaban los mecanismos por los cuales los opiáceos producen los efectos analgésicos y de bienestar en el ser humano, se descubrió la existencia de unos receptores celulares presentes en el cerebro, la médula espinal, el tracto gastrointestinal y otros órganos, a los que se unen estas sustancias. A estos receptores se les denominó entonces “receptores opiáceos”, por tratarse de sustancias que interactúan de manera exclusiva con ellos.

Así pues, los fármacos basados en opiáceos y en opioides actúan sobre unas sustancias (proteínas o glicoproteínas) presentes en ciertas células del cuerpo humano, de manera específica y reversible, haciendo posible la acción analgésica durante un tiempo determinado.

¿Los fármacos opiáceos son adictivos?

Sí. Y es una de las razones por las que se ha ido limitando su uso a los casos más extremos de dolor, donde otros fármacos resultan inocuos, siempre bajo receta y estricta supervisión médica.

Bien manejados y sólo de la mano de especialistas, los tratamientos farmacológicos para el dolor crónico basados en opiáceos son altamente efectivos en los casos recomendados, pudiendo eludir de manera exitosa el peligro de adicción física.

Por lo general, y debido a que hoy en día tenemos muchas más alternativas farmacológicas que en la Antigüedad, los médicos de las unidades de dolor no inician un tratamiento para el dolor crónico directamente con opiáceos. Siempre recurrirán a sustancias que van desde el paracetamol y los antiinflamatorios no esteroideos, hasta otros que han demostrado altos grados de eficacia según los casos, como los corticoides, los antidepresivos, los ansiolíticos, los anticonvulsionantes y los neurolépticos.

Todo ello, siempre basados en el criterio de la llamada “escalera analgésica”, esto es, adaptando de manera gradual, tanto el tipo como la cantidad de medicamento, a la respuesta del paciente.

Tratamiento con opiáceos para el dolor crónico

En unidades especializadas como la Clínica del Dolor de Madrid, el abordaje del dolor tiene un carácter multidiscipinar. Por lo general, el tratamiento farmacológico hace parte de uno de los frentes mediante los cuales se ataca el dolor del paciente, pudiéndose ver complementado con tratamientos intervencionistas, terapias de rehabilitación o tratamiento psicológico, según el caso.

Si el médico considera que ha llegado el momento de recurrir a fármacos opiáceos , nuestro compromiso es realizar unas prácticas seguras para su uso adecuado en pacientes con dolor crónico.

Y es que antes de iniciar un tratamiento farmacológico con opiáceos, en la Clínica del Dolor seguimos un protocolo exhaustivo que empieza con la evaluación inicial del paciente mediante una completa historia clínica de su dolor, que entre otras cosas nos permita establecer los factores desencadenantes del dolor y los tratamientos previos que haya podido recibir.

Asimismo, se hace una valoración del dolor y cómo este afecta al paciente en sus actividades cotidianas y su funcionalidad. Luego es necesario identificar los posibles factores de riesgo relacionados con los efectos secundarios de los opioides, así como una valoración psicosocial que pueda alertarnos de un posible mal uso de fármacos por parte del paciente.

Otros datos que se tienen en cuenta a la hora de valorar la posibilidad de un tratamiento con sustancias opiáceas son los antecedentes por consumo de tabaco, alcohol o el abuso de alguna otra sustancia.

Cuando se inicia un tratamiento farmacológico, nuestros pacientes reciben la información adecuada sobre los beneficios que esperamos conseguir y por supuesto los posibles riegos, si es que lo hubiese. Nunca se inicia un procedimiento sin el consentimiento del paciente.

Es necesario aclarar nuevamente que los tratamientos con opioides se reservan para aquellos casos en los que otros tratamientos famacológicos han resultado ineficaces para combatir el dolor del paciente.

La selección del opiáceo, así como su vía de administración y la dosis indicada de mantenimiento se establecen en función de las características del paciente y de cómo responde al tratamiento.

Siempre se empieza con la menor dosis requerida para obtener un alivio del dolor o la mejoría de la funcionalidad con los mínimos de efectos secundarios. Una vez se inicia el tratamiento con medicamentos opiáceos, se establece un estricta programación de controles periódicos.