El COVID-19 ha impactado la vida de los pacientes con dolor crónico

Está claro que los pacientes con dolor crónico no forman parte del grupo de riesgo frente a los síntomas más graves generados por el COVID-19, pero sí ha quedado demostrado que se encuentran entre la población más vulnerable ante los efectos psicosociales desencadenados por la pandemia.

Así se deduce del análisis realizado por las psicólogas especialistas en dolor, Almudena Mateos y Elisa Gallach, en el marco de la tercera edición del encuentro #NoHayDolor, organizado por la Sociedad Española de Dolor (SED), y que este año se ha desarrollado en formato virtual.

Empezaremos por aclarar, tal y como lo han hecho las profesionales, que en este contexto las poblaciones vulnerables se definen como aquellas en las que la salud física o mental de sus miembros requiere atención especial, como es el caso de los pacientes con dolor crónico.

Para Gallach, psicóloga clínica de la Unidad de Dolor del Hospital Universitario y Politécnico La Fe de Valencia, el COVID “es como un tsunami que ha repercutido negativamente sobre las personas con dolor crónico.” Para explicar sus efectos, ha hecho referencia a la evolución que ha presentado el estado emocional de los pacientes, en paralelo con las etapas de la pandemia.

Evolución emocional del paciente con dolor crónico durante la pandemia

“En el mes de marzo, cuando se declaró la pandemia en España, había una visión global de ‘emergencia sanitaria’ -señala Gallach. Empezaron a aparecer en los medios de comunicación imágenes preocupantes sobre la magnitud de lo que estábamos atravesando y las personas experimentaron negación, rabia e incertidumbre. Pero a la vez surgieron emociones positivas como la empatía por los profesionales de la salud, solidaridad con los vecinos y generosidad. En esta primera etapa de la emergencia el tema del dolor crónico pasó a un segundo plano, tanto para los pacientes como para el nivel asistencial. En ese momento lo importante era salvar vidas”.

No obstante, a medida que avanzaba el confinamiento, los pacientes empezaron a manifestar otro tipo de emociones negativas, producidas en parte por el exceso de información, el miedo al contagio y el aislamiento social. Algunas personas comenzaron a tener problemas para dormir, y así lo ratifican los datos recientes.

Un estudio del Ministerio de Sanidad de España afirma que un 30% de los españoles hemos tenido alteraciones del sueño durante la pandemia, cifra que se duplicó en una medición paralela realizada por la SED en pacientes con dolor crónico. De acuerdo con el análsis de Gallach, la diferencia entre ambas cifras indica hasta qué punto las personas que presentan esta afección hacen parte de la llamada población vulnerable.

Conforme pasaban los días del confinamiento, la psicóloga afirma que empezó a aparecer el cansancio piscológico, acompañado de baja tolerancia a la frustración. Y es que, por primera vez, tanto pacientes como personal sanitario de las unidades de dolor se vieron enfrentados a la necesidad de recurrir a la teleasistencia. Aunque en principio los pacientes se sentían agradecidos por el contacto virtual y entendían la situación que se estaba viviendo, al poco tiempo empezaron a mostrar los primeros síntomas de depresión.

Entre los desencadenantes de esta situación, Gallach señala como los principales la cancelación de consultas previamente asignadas, los problemas iniciales para hacerse con la medicación y la dificultad para contactar con los centros sanitarios de atención primaria y con las unidades de dolor. Los pacientes empezaron a experimentar sensaciones de abandono por parte del sistema sanitario.

De acuerdo con el análisis de la psicóloga, a todo esto hay que sumar que el curso del dolor en los pacientes empezó a empeorar, debido a factores como la inmovilidad. Esto conllevó a la disminución de la funcionalidad, lo que a su vez condujo a retrocesos en los avances que habían alcanzado algunos pacientes.

De manera paralela, el aislamiento social también pasó factura, dado que, como afirman las expertas, está demostrado que el apoyo social es una de las variables que más contribuye a una buena salud mental de los pacientes con dolor crónico.

Estudios sobre el impacto psicológico de la pandemia en los pacientes con dolor crónico

“Ya al final de la desescalada -comenta la psicóloga Gallach, se iniciaron muchas investigaciones sobre salud mental y dolor, con el fin de analizar cómo ha influido la pandemia a nivel emocional en los pacientes.”

Por ejemplo, el Centro de Investigación Biomédica en Red Salud Mental, (Cibersam), ha concluido, tras un estudio, que el 65% de personas vulnerables y crónicas presentan sintomatología de ansiedad y depresión.

En la misma vía, según datos recogidos por el Ministerio de Sanidad en un estudio reciente, el 45% de las personas encuestadas manifiesta sufrir dolor, y 9% de ellos lo padece en grado extremo.

Por su parte, las psicólogas Almudena Mateos y Elisa Gallach, ponentes en el evento #NoHayDolor, realizaron una encuesta a 90 pacientes con dolor crónico, con el fin de hacer su propia radiografía de la situación actual. El análisis de los datos permitió establecer que el 60% de los encuestados manifestó que el dolor empeoró por la pandemia.

También encontraron que un 6% de los pacientes vio el lado positivo a los primeros meses de confinamiento, ya que les permitió estar en casa y compartir más con sus familias, aunque ya a finales de septiembre esa percepción había caído al 1%.

Respecto a la influencia del COVID-19 sobre el estado anímico, si en la encuesta de la SED de meses atrás, el 91,4% consideraba que había empeorado, en la más reciente realizada por Mateos y Gallach el 70% manifestó que había empeorado, 10% que había mejorado y el 20% manifestó que no le había afectado para nada.

De acuerdo con el criterio inicial de las profesionales, la comparativa de los resultados demuestra que frente a situaciones como esta los seres humanos tenemos estrategias de resiliencia -que es la capacidad de salir fortalecidos de una situación adversa- y que la situación generada por la pandemia, si bien ha causado un estrés inicial en el plano emocional, ha sacado a relucir de manera progresiva esta capacidad.

Finalmente, aunque la totalidad de los encuestados reconoce que las emociones y el dolor están relacionados, no todos atribuyen el mismo grado de influencia sobre el dolor a las emociones positivas y a las negativas. El 50% de las personas consultadas considera que las emociones positivas, tales como el altruismo, la valentía, la generosidad, el optimismo y la resiliencia, impactan sobre el dolor. Pero la proporción sube al 80% cuando se pregunta a las personas sobre si cree que las emociones negativas o perturbadoras afectan nuestra percepción del dolor.

La importancia de las emociones en las personas con dolor crónico

La psicóloga sanitaria especialista en salud Almudena Mateos, quién forma parte del equipo multidisciplinar de la Clínica de Dolor de Madrid, manifiesta que las emociones más frecuentes que se encuentran en pacientes con dolor son el miedo, la ansiedad, la ira, la tristeza y la depresión.

Señala además que estas emociones suelen generar efectos físicos que aumentan la sensación de dolor, situación que a su vez causa un efecto negativo en las emociones. Se forma así en el paciente con dolor crónico un círculo vicioso.

De acuerdo con Mateos, gran parte de los pacientes generan con el tiempo estrategias adaptativas que hacen que se rompa ese círculo, pero existe un número importante de ellos que necesitan apoyo para superar esta fase.

La recomendación general de la psicóloga a los pacientes de dolor crónico es que “vacíen y rellenen sus mochilas emocionales”. Vaciarlas de todo pensamiento negativo y exceso de peso en las relaciones sociales, y rellenarlas con el reconocimiento y validación de las emociones, con el firme objetivo de superar el dolor, con el empoderamiento y con el dar más tiempo a todo aquello que los sustenta como personas.

En la misma vía, la recomendación de Elisa Gallach para los pacientes de dolor crónico en esta época de pandemia es que “se pongan sus EPIs (equipos de protección individual) emocionales”, que son: conocer mi dolor (educación en el autoconocimiento), cuidar mi cuerpo (alimentación, sueño y actividad física) y cuidar mi mente (reconocer las emociones, buscar solución a las preocupaciones, autorregulación emocional, compartir con iguales y desarrollar la resiliencia).

Para terminar, la psicóloga invita también a los profesionales de las salud a ponerse los EPIs emocionales para que cuiden su salud física y mental. Y, en relación con los pacientes, “debemos ir todos a una. Distancia física sí, pero psicológica no”, concluye.

IMPORTANTE
Este blog tiene como objetivo dar a conocer la actividad de la Clínica del Dolor de Madrid al público en general. En ningún momento la información de estas líneas reemplaza el diagnóstico médico o la prescripción de tratamiento que determine el personal sanitario para cada paciente.